miércoles 8 de julio de 2009

Los Precursores... ¿Precursores? (o El Gran Precursor de Nuestra Dependencia) (o la parte final de un artículo prometido hace mucho tiempo).

“Miranda, por una vergonzosa y traicionera capitulación, ha entregado la libertad de este país. No puedo decir si ha sido un agente del gobierno inglés, como lo declara ahora, o si su conducta fue el resultado de un corazón vil y cobarde. Por mi parte, mis breves relaciones con él me han convencido de que no sólo es un brutal y caprichoso tirano, sino un hombre desprovisto de valor, honor y capacidad”.

Alexander Scott (16/11/1812)





Texto: DÍAZ ARAUJO, Enrique: Mayo Revisado. Bs.As., Santiago Apóstol, 2005, Tomo 1, Cap. IV.



I. Miranda.


Dado que se trata de de una temática tan vasta, se nos ocurre que su bosquejo se puede abordar por cualquiera de sus extremos. En tal sentido elegimos para este comienzo la figura principal de Francisco Antonio Gabriel Miranda (1756-1816).


Lo sólito, desde los liberales clásicos a los modernos ha sido escribir en loor del venezolano. Tomemos sólo dos ejemplos:


Afirmaba Bartolomé Mitre que:


“Miranda tuvo la primera visión de los grandes destinos de la América republicana, y fue el primero que enarboló la bandera redentora por él inventada en las mismas playas descubiertas por el genio de Colón”.


Admite, eso sí, que cuando intentó desembarcar en Costa Firme, en 1806, en Ocumara y Vela de Coro, fue rechazado, “sin que nadie respondiera a su grito de insurrección”. También anota que Miranda abogaba por “la inmediata emancipación de la América española bajo los auspicios de la Gran Bretaña” [1].


Bien, muy bien.


Por su parte, Salvador de Madariaga sostiene que Miranda en sus correrías por Francia e Inglaterra siempre puso como condición para colaborar con esos países, la liberación “de los pueblos que habitan Sur América”. También aclara que sus ideales eran los de mayor pureza revolucionaria. En este orden, expone:


“Hay una frase de Thomas Paine, declarando en pro de Miranda ante el Tribunal Revolucionario francés, en la que se funden la Revolución Norteamericana, encarnada en el que habla, la Francesa, y la Hispano-Americana que se avecina: “el destino de la Revolución Francesa se halla en íntima relación con el objetivo favorito de su corazón, a saber, la libertad de Hispano-América –designio por el que la Corte de España le ha perseguido durante la mayor parte de su vida” [2].


Tres Revoluciones asociadas en el corazón del Precursor de la Libertad Sudamericana.


Muy bien. Más que bien: excelente.


Ahora, si se nos permite, vamos a ver algo de la biografía verdadera del venezolano, acudiendo para ello a la sólida obra de William Spence Robertson (que los historiadores liberales citan en todo aquello que no interesa; como para documentar que la han consultado).


Lo primero que allí aprehendemos es que la ruptura de Miranda con España no obedeció a ningún afán libertario del venezolano. En efecto: él integraba el Ejército Español que desde el Caribe participaba en apoyo a los colonos norteamericanos que luchaban contra Inglaterra por su independencia. En esa circunstancia, su preocupación principal no estaba en el campo bélico, sino en el comercial. El capitán Miranda se dedicaba a la compra y venta de adultos y niños africanos, con cuyas ganancias iba tirando. Sin embargo –y ésta es una constante en su vida-, como no había dinero que le alcanzara, su fértil imaginación pergeñó un medio para añadir fondos a los ingresos que percibía como esclavista negrero. De esa forma, se anotó en los anales del espionaje rentado. Comenzó, pues, a actuar como agente doble. El 6 de setiembre de 1781 envió a Mr. Dalling, gobernador británico de Jamaica, “un informe detallado de las flotas que los españoles habían organizado para atacar Pensacola”. Como su jefe, Juan Vicente de Cagigal, lo comisionara a Jamaica para negociar un canje de prisioneros, aprovechó la oportunidad que se le brindaba, para traicionar su bandera. No había en ello nada de idealismo. No lo hacía por ser enemigo del “despotismo hispano”. A La Habana llegó un informe en que se lo denunciaba por estar “complicado con Allwood en el comercio ilícito”, es decir, en el contrabando. Además de negrero y espía, resultó contrabandista, y, como otros oficiales:


“que servían en las Antillas durante la revolución norteamericana, se propuso sacar provecho particular, además de ventajas públicas, de alguna participación en el comercio ilícito”.


Su fortuna varió y fue denunciado. El gobierno español lo definió entonces como:


“un hombre pérfido, intrigante, sin religión alguna”.


Huyó. Salvó la ropa; pero quedó enojado con España: “se había transformado en un hombre lleno de resentimientos”. En los Estados Unidos, el 23 de noviembre de 1784, presentó a Henry Knox un “plan de cooperación para revolucionar las Indias españolas”, el primero de una larguísima lista de proyectos de ese estilo, copiados “al carbónico”, se hubiera dicho en la era de la dactilografía [3].


¡Henos acá asistiendo al nacimiento de un “Emancipador”…!

Sin embargo, Miranda decidió tomarse unas vacaciones reparadoras antes de ponerse de lleno en la tarea anticolonialista. Por tal motivo, inició su vida aventurera, de la que a continuación se dirá una palabra.


Miranda fue ante todo, un viajero. Su complaciente biógrafo, Manuel Gálvez, segura que “salvo Portugal, no hay país europeo que no haya visitado” [4].


En Italia aprovechó los placeres que se ofrecían al alcance de la mano. Viajó a Rusia, titulándose “Conde de Miranda”. Este dato le permite al historiador Rufino Blanco Fombona establecer una comparación con el caso de Bolívar. Don Simón –dice- era un aristócrata “mantuano”, y, como tal, tenía derecho de anteponer a su apellido la partícula “de”. No obstante, comenta Blanco Fombona:

“Simón renunció a la partícula de su apellido. Mientras Miranda se la puso sin tenerla, Simón Bolívar, teniéndola, no la usó… No por espíritu democrático, precisamente sino todo lo contrario: por orgullo patricio” [5].


Por envidia democrática, el hijo de tenderos de Caracas, no sólo se injertó la partícula “de”, sino que, además, se auto designó “conde”.


En Rusia, entró en la intimidad de la reina Catalina II (58 años, baja, gruesa, cruel) –lo que no supuso un gran asedio-, y fue retribuido por sus atenciones con 10.000 rublos. Miranda denominó a la zarina “consuelo entero del género humano”; frase un tanto exagerada, a pesar de la amplitud del círculo de los visitantes masculinos a la alcoba real…


El conde de Segur, embajador de Francia en San Petesburgo, nos dio un primer retrato de Miranda. Era, dice, “un hombre bien informado, ingenioso, intrigante y audaz”. Es decir, que todavía los extraños no descubrían el “Libertador” que se escudaba detrás de la muralla del disoluto.


Pasó a Suecia, donde visitó institutos masónicos. Esto se sabe por el “Diario”, donde anotaba las circunstancias cotidianas de su vida. Respecto a estas anotaciones, observa Robertson:


“Ciertas páginas del diario que describen su propia vida privada durante el viaje, son impublicables. Ni el lugar ni el buen gusto permiten más que una alusión a ciertas orgías a las cuales se entregó Miranda”.


Quizás en él convivían el Marqués de Sade y Rousseau. De todas maneras, ya sabemos que, en última instancia, todas las facetas de su vida apuntan hacia el ideal inmarcesible de la Libertad Democrática de América.


En 1790 se instaló, por primera vez, en el Reino Unido. Pronto se vinculó a personalidades gubernamentales; trato del cual Thomas Ponwall sacó la conclusión que Miranda podía prestar “un importante servicio” a Gran Bretaña, si se le pasaba una remuneración adecuada. El “premier” William Pitt, “el joven”, compartió ese criterio. Le otorgó una subvención de 500 libras esterlinas, primero, y, después, las redondeó en la suma de 1.300 libras. A cambio de esa cantidad, Miranda pergeñó planes y más planes sobre una eventual ocupación inglesa de la América Española. En uno de ellos aseveraba:


“Ninguna potencia puede hacer esto con mayor facilidad que Inglaterra… para su bien propio. Sudamérica puede ofrecer con preferencia a Inglaterra un comercio muy basto, y tiene tesoros para pagar puntualmente los servicios que se le hagan… y aun para cubrir una parte esencial de la deuda nacional de Inglaterra”.


Ahora sí, al dejarse de devaneos sentimentales o de comercio privado (de negros y contrabando), estamos ya en presencia del Gran Precursor. Del gran precursor del endeudamiento externo sistemático de América; quien, por si los ingleses no contaran con su propia prosapia de piratas –panoplia adornada de nombres tan gloriosos como Drake, Hawkins, Morgan o Cavendish-, quería despertar el hambre de tesoros ajenos en la opinión británica. Predicaba al ogro pantagruélico la conveniencia de comer sin saciarse. Quería enseñarle al padre cómo se hacen los hijos…


Con todo, la presencia de Miranda en el Reino Unido estuvo vinculada a los vaivenes de la política interior británica. “Hombre de Pitt”, no se llevaba bien con Fox y su gente. Además, que su misión –de caballo de Troya-, sólo era aceptable en tiempos de guerra anglo-española. Por eso, declarada la paz, se quedaba sin empleo. Como fuere, los ingleses lo mantuvieron “en barbecho”, para mejor ocasión.


Por un motivo u otro –y la ausencia de una “compensación financiera regular”, no fue el menor-, abandonó la cicatería inglesa y fue en busca de la fraternal Francia. Quiso estar, dice:


“al servicio de la Francia por la Causa de la Libertad”.


¡”Liberté, Liberté! Por fin, el límpido, solidario, generoso, y fraternal aire de París hinchaba sus pulmones.


A todo esto, conviene anotar que Miranda no creía que hubiera incompatibilidad entre esos afanes libertarios, y un buen pasar económico. En ese sentido, por lo pronto, manifestó que “quería seguridades de cobrar la misma renta que en Inglaterra”. Empero, en 1792, aclaró a los girondinos con mayor exactitud cuáles eran sus reclamos. Dijo:


“estar dispuesto a comprometerse a servir lealmente a la nación francesa, con tres condiciones: que se le diera el grado y sueldo de mariscal de campo, que después de terminar la guerra se le nombrase en un cargo civil o militar que le diese una renta suficiente para vivir cómodamente en Francia”.


Con el objeto de evitar malos entendidos, Miranda explicaba que esos pedidos los hacía porque la “Libertad es mi divinidad favorita”.


Con cierta ingenuidad, los revolucionarios franceses le otorgaron las peticiones. En realidad, el cargo militar le fue concedido en “la errónea creencia de que había desempeñado funciones similares durante la Revolución norteamericana”. Si a los rusos les había dicho que había sido Conde en Venezuela, título nobiliario que en Gran Bretaña los hizo provenir del Perú, a los franceses les dijo que había sido General en Estados Unidos. Eslabones de una vida ejemplar.


En Francia reiteró sus planes separatistas. Brissot, en carta a Dumouriez, del 28 de noviembre de 1792, le contaba en detalle el proyecto galo de usar a Miranda para disminuir el poder de su vecina España. De momento, fue empleado en el frente de la batalla europea que libraban los ejércitos revolucionarios. El problema se le planteó en Neerwinden, derrota sufrida por las armas francesas, a raíz del abandono del campo de batalla del “Mariscal Miranda”. El general Dumouriez llegó a pensar que el venezolano era un “guerrero-filósofo”, que sabía la teoría bélica, “pero ignoraba su práctica”. Retirado a sus meditaciones trascendentales, los soldados tardaron veinte días en encontrarlo.


Como consecuencia del traspiés castrense, fue a parar a la prisión de La Force, junto a otro trapalón, el yanqui Thomas Paine. Su fama se oscureció un tanto. Para peor, John Skey Eustace, un norteamericano conocido suyo, le escribió al general La Bourdonnaye calificando al héroe de Neerwinden, cual un:

“sedicente Conde del Perú, bajo desertor español, vil contrabandista y notorio aventurero”.

Miranda clama contra esta persecución inicua. Escribe:


“soy oprimido, yo que siempre he sido el más vigoroso partidario de la libertad”.


El gobierno francés se apiada de él. Después de todo, un trance de cobardía lo puede padecer cualquiera.


Sin embargo, Miranda era de la especie de los que se reponen rápido de los percances. No se conforma con la libertad recuperada. Exige una recuperación pecuniaria consistente en 10.000 luises de oro. Algo de eso recibe, y puede pasar de nuevo a darse una vida regalada en París.


En este punto contamos con un juez sagaz, gran conocedor de las debilidades humanas. Acerca de Miranda, escribe Napoleón Bonaparte:


“Comí hoy en casa de un hombre notable. Creo que es un espía de Inglaterra y de España a la vez. Vive en un tercer piso que está amueblado como la residencia de un sátrapa. En medio de su lujo, se queja de su pobreza” [6].


Empero, la envidia revolucionaria vuelve por sus fueros. Miranda es expulsado de Francia, calificado de “extranjero indeseable”.


¿Dónde ir…?


Inglaterra no sería una maravilla libertaria, pero era acogedora con los traidores. Entró, pues, en el Reino Unido usando un pasaporte ruso, con el apellido de “Mirandov”. Al “Conde” le bastó con restablecer los contactos adecuados para que las cosas marcharan bien. Habló con Nicholas Vansittart, Henry Dundas y John Turnbull, agentes de Pitt. Les comunicó su queja sobre:


“un sistema tan abominable como el que Francia está desarrollando”.


Ahora es cuando aparece en escena la “Gran Reunión Americana”.


En 1798, anota e su “Diario”:


“Recientemente me encontré con algunos amigos en París, quienes se pusieron de acuerdo sobre bases para la absoluta libertad e independencia de la América hispana, semejantes a las que tuvieron por resultado la emancipación de los Estados Unidos. Convinieron en que Inglaterra debía ser bien pagada por los servicios que está en condiciones de prestarnos”.


Respecto al plan a seguir aclara:


“estábamos a punto de realizar cuando el genio infernal de Robespierre lo echó todo a rodar, (pero) será ahora adoptado por Inglaterra en conjunción con los Estados Unidos para promover la felicidad general de la raza humana y el triunfo de la verdadera libertad” [7].


Eso lo habría pactado con Salas, del Pozo, Olavide, Godoy y Viscardo, entre otros. En carta a William Pitt, del 16 de enero de 1798, se presenta como el principal directivo:


“nombrado por una “junta de diputados” de Méjico, el Perú, Chile, el Río de la Plata, Venezuela y Nueva Granada, para reanudar con los ministros ingleses las relaciones de 1790”.


Que ninguno fuera a creer que estaba tratando con Don Nadie. Él era un Precursor. El Gran Precursor. Como tal, imponía condiciones. Una, según le explicaba al embajador de USA en Londres, Rufus King, era la de “excluir la influencia francesa en América”. Otra, proponer: “el reparto de las Antillas entre Inglaterra y los Estados Unidos”. Y una tercera, que América Hispana, por su intermedio, se comprometería a recompensar el auxilio británico con 30.000.000 de libras esterlinas [8].


Los recaudos eran graves; pero Don Francisco era una persona que proyectaba por todo lo alto.


Tal vez, fuera un poco fantasioso. El P. Miguel Batllori S.J., el mayor especialista sobre las andanzas de los jesuitas expulsados, niega que Viscardo pudiera entrevistarse con Miranda, lo mismo que Olavide; cree que los otros sujetos mencionados (Del Pozo, Salas, etc.), difícilmente existieran, y, en tal caso:


“Si, además, toda la leyenda se fundase en una falsedad, si la Junta de Madrid y la convención de París fuesen puras maquinaciones fanáticas de Miranda para presentarse a Pitt como un plenipotenciario de los pueblos americanos -como podría hacer sospechar la alusión a Olavide, que en 1797 estaba ya muy de vuelta de sus ideas revolucionarias, según aseveraban el propio Dupérou, que figuró como secretario, y Pedro José Caro-, el valor mítico de la leyenda llegaría a su punto máximo”.


En suma, estima Batllori, que la “Gran Reunión Americana”, “no es, ni ha sido, más que un mito” [9]. ¡Qué lástima! ¡Con lo bien que lucía en los manuales escolares!


Lo único seguro en esta materia es que Miranda quedó nuevamente a sueldo de Inglaterra. A cambio, este “hombre de Pitt”, como lo llama Turnbull, en 1799 envía un plan a Ponwall ofreciendo entregar Cartagena al Reino Unido.


Inconformista nato, desasosegado, intenta ahora probar suerte en los Estados Unidos. Mala maniobra. Le solicita un aval a Alexander Hamilton; pero éste expresa:


“No contestaré porque lo considero un intrigante aventurero”.


Don Francisco debió haber consultado antes con el horóscopo, y quedarse quieto, por una vez en su vida. No lo hizo, y ese tiempo que sigue es el de las peleas con sus amigos y secretarios: Louis Dupérou, Pedro José Caro, Manuel Gual, Thomas Graves y Juan Pablo Viscardo, que aprovecharon la coyuntura para hablar pésimo del “Precursor” en adelante.


Otro giro en sus preferencias: vuelve a Francia, “douce France”, el “augusto reinado de la justicia”, la denomina.


En París expone sus quejas contra los ingleses. El 5 de marzo de 1801, manifiesta que los británicos no quieren expedicionar a Hispanoamérica, “con tal de satisfacer su odio contra los principios de la libertad establecidos en Francia”.


El renacido amor por el liberalismo galo dura poco. El jefe de policía Fouché ordena su arresto en la prisión de El Temple; enseguida, sale expulsado.


En agosto de 1803 le hace una confidencia al embajador yanqui en Londres: la conducta inglesa “le parecía sospechosa, sino pérfida”. También se cartea con Aaron Burr, un “boss” de la politiquería yanqui más ruin.

“Homecoming”. De vuelta al hogar. “England Homeland”. El 4 de junio de 1801 le escribe a Vansittart comunicándole su deseo de permanecer en Londres si se le asegura “una renta competente” y el pago de sus deudas, que alcanzaban a 21.000 libras. También se vuelve a conectar con el Cnl. Fullarton, Alexander Davinson, Sir Home Popham, Henry Dundas y el vizconde de Melville. Les ofrece otro plan: con los cipayos hindúes y con reclutas de Australia, Inglaterra podría conquistar Venezuela, recibiendo en pago La Guaira.


De repente tiene un golpe de fortuna. Suena su hora más gloriosa. Inglaterra entra en guerra con España. En 1806 Miranda le prepara a Popham un plan para “la emancipación general de la América del Sur”. El respaldo económico lo pondrían las ciudades manufacturadas británicas, comenzando por Manchester, a cambio del “libre comercio”. Asimismo, establecía relaciones con George Canning, con el vizconde Castlereagh, y con Sir Arthur Wellesley. A este último, que por entonces “pensaba en la anexión de las regiones liberadas (de América del Sud) al Imperio Británico”, Miranda le ofrece su propia red de espías (Manuel Aniceto Padilla, Saturnino Rodríguez Peña, Félix Contucci), para que trabajaran asociados al coronel inglés James William Burke.


Invasiones inglesas al Río de la Plata de 1806 y 1807. Miranda y sus amigos habían vendido la piel del oso antes de cazarlo. Maguer el fracaso, no desesperan. Ya habría más invasiones.


Estando en eso, la rueda de la historia da un nuevo giro imprevisible. Las ciudades españolas resisten la invasión napoleónica, y, a ese efecto se asocian con Gran Bretaña. Cuatro de julio de 1808, la paz; 14 de enero de 1809, la alianza anglo-española. Esto fue, dice Robertson, “el tiro de gracia a la esperanza que tenía Miranda”. Pasa de consejero apreciado a sospechoso vigilado. El gobierno inglés le ordena “abstenerse de cualquier medida”, que pueda perjudicar a España:


“los ingleses tomaron enérgicas medidas para obligarle a poner fin a lo que, para ellos, había pasado a ser una actividad perniciosa. Por lo menos en una ocasión, un ministro insinuó al propagandista que mordía la mano que le daba de comer” [10].


La advertencia tuvo que hacerse porque Miranda no desistió de sus pretensiones. Hasta entonces “había vivido cómodamente del oro inglés”. Ahora necesitaba nuevas fuentes de financiación. Se conecta con personajes raros. Uno es el filósofo Jeremías Bentham, “un curioso enano”, quien le “redactó un proyecto de libertad de prensa para Venezuela” (Bentham, gran asesor de Bernardino Rivadavia, terminó escribiendo una constitución para Guatemala). Otros son: Jorge Cochrane, Sir Charles Stuart, Richard Wellesley, John P. Morier, Blanco White, etc. Con James Mill, de la “Edimburg Review”, trama la publicación en 1808 de la “Lettre” de Viscardo.


Al parecer, esas vinculaciones no le daban más que para pobrear. Al menos, no cubrían sus necesidades crecientes. El convivía con su empleada doméstica, la judía Sarah Andrew, con quien había tenido dos hijos (Leandro y Francisco), y adeudaba 5.000 libras, nada más que a los libreros de Londres, amén de otros gastos.


Se va con viento fresco a los Estados Unidos. Desde allí organiza la expedición naval sobre Coro. Un desastre; los venezolanos, que ignoran a su Libertador, la rechazan sin contemplaciones. Uno de sus subordinados, James Bigg, estima que la causa del descalabro la ha puesto Miranda “por su indecisión, capricho, petulancia y duplicidad”.

Sin embargo, cuando en 1810, la Junta de Caracas declara la Autonomía, Miranda retorna al suelo natal. Pronto lo cubren de honores, y le dan el mando del Ejército, dado que había sido “Mariscal” en Francia (a raíz de haber sido “General” en Estados Unidos. Grave error.


Domingo Monteverde mandaba las tropas del Consejo de Regencia; con ellas venció a Miranda en Valencia. Vencido éste, con la mediación del marqués de Casa León, firma el Tratado de capitulación, denominado Paz de San Mateo. Por él, reconoce la supremacía de la Regencia, de las Cortes y compromete la obediencia a la Constitución de Cádiz. Es una vergüenza enorme, una entrega total. El diplomático norteamericano Alexander Scott le escribe al Secretario James Monroe, el 16 de noviembre de 1812:


“Miranda, por una vergonzosa y traicionera capitulación, ha entregado la libertad de este país. No puedo decir si ha sido un agente del gobierno inglés, como lo declara ahora, o si su conducta fue el resultado de un corazón vil y cobarde. Por mi parte, mis breves relaciones con él me han convencido de que no sólo es un brutal y caprichoso tirano, sino un hombre desprovisto de valor, honor y capacidad”.


No es mala definición del Genial Precursor.


No obstante, las cosas empeoran aún más.


Se plantea la cuestión de las 11.000 libras esterlinas que debía entregar al comerciante George Robertson, y que retiene indebidamente. En la fuga, aduce William Spence Robertson, “es posible que el general se propusiera hacer uso personal del dinero que así transfería al comerciante inglés”. Si ese era el proyecto, encontró un obstáculo. Una valla con nombre y apellido: Simón Bolívar. Éste fue su captor:


“Bolívar se había apoderado de Miranda para castigar a un hombre que traicionó a su patria… El general Bolívar agregaba invariablemente que su deseo fue matar a Miranda por traidor, pero que los demás se lo impidieron… Bolívar declaró (el 8 de abril de 1814) que la vergonzosa capitulación de San Mateo no había sido obra de Monteverde sino el resultado de las circunstancias y de la cobardía del comandante del ejército venezolano[11].


“El Precursor de Bolívar”; que casi cae fusilado por su Precedido (vinculado a ese tipo de hipotéticas relaciones, digamos de paso que San Martín jamás, ni en público ni en privado, mencionó al “numen” de la Revolución de Mayo, Mariano Moreno; en cambio, sí ayudo a Saavedra, perseguido por los morenistas).


El yanqui Austin juzgó así la consecuencia de la Paz de San Mateo:


“En ese instante Miranda perdió el fruto de treinta años de intriga, su honor y su libertad. Tal es el deplorable destino de los aventureros políticos”.


Apresado por los regencistas, fue conducido a España, en cuyas cárceles permaneció este “revolucionario por hábito y por ambición”. Desde la prisión se dedicó a elogiar “la sabia y liberal Constitución sancionada por las Cortes” (“monstruosa” la llamó Bolívar, mientras que San Martín, lo primero que hizo al entrar en Lima fue derogarla). En ese orden, el 30 de junio de 1813:


felicitaba a España por la Constitución redactada en Cádiz… Decía que en ese momento se consideraba “como uno de esos españoles liberales”… Sostenía que todos los liberales “americanos o españoles” desean ser libres e iguales en derechos”.


En eso sí que era un adelantado. Adelantaba la tesis que los historiadores liberales repetirían una y mil veces, de la hermandad entre Cádiz y América. Era un visionario: entreveía el auge del imperialismo británico. Pero, de momento, nadie le llevaba el apunte.


Por enésima vez, probaba suerte con Inglaterra. Reclamaba de Mr. James Duff el trámite de su libertad. El 13 de abril de 1815, llegaba a una conclusión al respecto. Decía: “He descubierto que (Duff) es una extraña y detestable persona en cuanto a mi respuesta”. Comprobaba el aforismo de que el traidor no es necesario en siendo la traición pasada.


Se quedo en prisión, no más. Así las cosas, el 14 de julio de 1816 murió en el arsenal de Cádiz.

Revolucionario profesional, discípulo de Rousseau, Conde del Perú, hombre de Pitt, merece un juicio acervo del historiador Robertson:


“Fue un docto diletante –dice-… Sus normas de conducta estaban muy por debajo de su talentoso compatriota Antonio José de Sucre… Hay partes del “Diario” de Miranda referentes a sus andanzas por Europa que no pueden publicarse a causa de su grosera inmoralidad… podrían destinarse a una colección pornográfica…

Revelo poseer una buena dosis de vanidad. Gustaba ser alabado… deformó los hechos… se rebajó intencionalmente la edad, una copia autenticada de su certificado de bautismo que alteró insertando un frase que su nacimiento cuatro años después de su fecha exacta…

Tendía a derivar del catolicismo romano hacía el deísmo…

Miranda no deseaba establecer una democracia… fue un demócrata autocrático… apasionado admirador de las instituciones políticas inglesas… gustaba inculcar elevados ideales, a menudo dejó de estar a la altura de ellos en la práctica… Miranda era un poseur… nunca permanecía enteramente tranquilo… Dotado de una mente visionaria y doctrinaria, Miranda brilló menos en la ejecución de ciertas tareas que le fueron confiadas que en la concertación de espléndidos planes en el papel… ilusionista… hábil oportunista… como Aaron Burr… fue algo cobarde… elaborador de constituciones… dependió de fuentes de recursos ingleses… hábitos fastuosos (una subvención anual de setecientas libras esterlinas)… es notable que un hombre que, después de 1783, no ganó un sueldo regular ni gozó de rentas heredadas, pudiera vivir con comodidad y aun con lujo…

Aventurero intrigante que traicionó a su patria por propósitos egoístas de lucro… a cambio de oro… En realidad (las revoluciones) se convirtieron en su profesión… Miranda fue un promotor de revoluciones… filibustero… Ni por su moral pública ni por su moral privada se eleva en nuestra estima, cuando se lo compara con el héroe argentino de alma blanca, José de San Martín, caballero sin miedo y sin tacha

Puede ser comparado con Thomas Paine… estimuló el interés de Francia e Inglaterra por el porvenir de la América hispana” [12].


“Precursor”: ¡Despertador del apetito voraz de las fieras imperialistas!


El es un espejo, donde pueden mirarse sin detrimento los grandes “demócratas” latinoamericanos; tan farsantes como su Precursor.

Lo peor es la leyenda pertinaz que rodea su figura con un halo de santidad.


Precisamente, el chileno Francisco A. Encina piensa al respecto que la historiografía mirandista no ha calado correctamente en la historia real del Precursor. Así, dice:


“Miranda, embalsamado en la misión de redentor de los pueblos hispanoamericanos, creía que el fondo y la forma del proceso emancipador giraba en torno de él; y esta creencia tendía a imponerse a sus biógrafos. Otro tanto ocurría con la importancia y la influencia que se atribuían a si mismos los revolucionarios prófugos de América y los aventureros que pululaban en torno suyo…

Dentro de la realidad, el apostolado de Miranda en ningún momento tuvo en América la eficacia que él y sus “aláteres” le atribuían…

Llegó hasta el final de su azarosa carrera de Precursor, sin darse cuenta del precio del auxilio inglés” [13].


O, tal vez, sí sabía de ese costo, y lo aceptó sin regatear.


Nuestra síntesis es que Miranda fue un anglófilo completo. De ahí que Manuel Gálvez, que intenta disculparlo con sofismas burdos, no deje de anotar lo siguiente:


“él cree que el movimiento no puede surgir en la propia América española. Tiene que venir de fuera, de Inglaterra o de los Estados Unidos… Por ser anglófilo ferviente y por encontrarse en Inglaterra, es lógico (sic) que él no comprenda una tentativa revolucionaria sin el apoyo, en dinero y en barcos, del gobierno de Londres… Él no cree en la perfidia de Albión. Tenía fe en los ingleses… Desde 1789, en que volvió de su largo viaje y se instaló en Londres, comenzó a adquirir los hábitos británicos… Miranda es un español liberal del siglo XVIII, con algo de hispanoamericano” [14].


Claro que esa anglofilia fervorosa se mejoraba con los sobornos que le pasaba el Reino Unido:


“Debe afirmarse que si Miranda acepta dinero del gobierno (inglés), es porque lo considera legítimo… El gobierno tiene la obligación de darle de qué vivir… Sin duda pregúntase que de dónde obtendrá recursos para vivir y pagar sus deudas. Por suerte el gobierno le ha ofrecido un “generoso auxilio”. A Turnbull le debe más de dos mil doscientas libras. En octubre, Vansittart le promete una pensión de quinientas libras anuales, y algo más por gastos que había hecho. El no se conforma. El 23 de octubre (de 1801) pide a Vansittart setecientas libras anuales, mil para sus deudas y la devolución a Turnbull de lo adelantado en su nombre en 1799 y de lo adelantado a él mismo en 1801, cantidad esta última que alcanza a dos mil guineas” [15].


En la cuenta corriente que abrió Miranda, se siguen depositando hasta el presente los honorarios, correspondientes a análogos servicios prestados por políticos y periodistas “demócratas-liberales” latinoamericanos…


El peruano Víctor Andrés Belaúnde, conjuntamente con el venezolano José Gil Fortoul, piensan que la causa del fracaso de Miranda radicó en su dependencia extranjera. En efecto, dicen:


“Los pueblos no se conmovieron ante un programa que les venía de fuera, y detrás del cual podía verse un protectorado extraño” [16].


José María Rosa considera a Miranda como un tipo de hombre epocal, que dejará larga descendencia: “el teórico de la libertad”, que con su euforia doctrinaria “creaba un coloniaje peor que el de España”. Pertenece a la especie de los “alumbrados”, que deseaban establecer un Estado Perfecto con apoyo Inglés. Perfecto, porque tenían su “nombre mágico de alquimia: se llamaba Constitución”. Eran “progresistas”. Su “revolución”:


“se proponía acabar con las costumbres, modalidades y tradiciones criollas de raíz hispánica que despreciaban por “obscurantistas” y atrasadas… Se manejaban entre nubes y no advertían que ayudaban a un coloniaje peor que el español” [17].


Eso vale para el caso de los más ingenuos; pero Francisco de Miranda no pecó nunca de ingenuidad.


Notas:

1. MITRE, Bartolomé: San Martín, etc., cit., t° I, pp. 82, 84, 85.

2. MADARIAGA, Salvador de: op. cit., 1a. ed., 1945, pp. 808, 812, 813.

3. ROBERTSON, William Spence: “La vida de Miranda”, en: ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA: II° Congreso Internacional de Historia de América. Buenos Aires, 1936, t° VI, pp. 38, 40, 41, 45, 62. El 12 de mayo de 1781, en Florida, “adquirió, para emplearlos como esclavos, a tres adultos y un niño negro. Más tarde, el 21 de junio de 1781, el capitán William Johnstone, de la Real Artillería, reconoció haber “regalado al capitán Miranda un hombre negro, llamado Brown, como libre obsequio, en testimonio de la valiosa y alta estima” que sentía por ese gentilhombre. Es obvio que Miranda tenía interés en la trata de esclavos”: op. cit., p. 37.

4. GÁLVEZ, Manuel: Don Francisco de Miranda. El más universal de los americanos. Buenos Aires, Emecé, 1947, p. 153. El propio Gálvez explica: Muchas veces me han preguntado por qué escribí la biografía de Don Francisco de Miranda”. Su contestación es una serie de pobres razones, como la de la importancia del personaje. En tal caso, podría haber escrito la biografía de Stalin o Hitler. Po último, señala: “De cualquier modo…, quise demostrar que yo era capaz de escribir la vida de un liberal auténtico –en religión y en política-, y que acaso había sido también francmasón. Miranda… vivió paganamente… A este gran liberal… yo iba a tratarlo con resuelta simpatía… A esos fanáticos del izquierdismo que me suponían partidario de los dictadores “reaccionarios”, me daría el lujo de “refregarles por la jeta” mi historia de uno de los más famosos liberales del continente americano”: GÁLVEZ, Manuel: Recuerdo de la vida literaria, IV, En el mundo de los seres reales. Buenos Aires, Hachette, 1965, pp. 177-178. Es decir, una motivación más subalterna que las anteriores. Acusado de reaccionario, iba a mirar con resuelta simpatía a ese liberal tránsfuga y cipayo, para molestar a los izquierdistas. El público lector de la extraordinaria producción literaria de don Manuel, se negó a seguirlo en esa pirueta y, como él mismo lo registra, el “Miranda” “no tuvo éxito de venta”. Lo cierto es que acá hay un apartamiento absoluto de los principios cristianos y nacionalistas que guiaron siempre su proceder y su obra. Además, lleno de sofismas alegatorios. Sin duda, el peor libro de Manuel Gálvez.

5. BLANCO FOMBONA, Rufino: op. cit., p. 41.

6. ROBERTSON, William Spence: op. cit., pp. 75, 83, 84, 89, 90, 106, 110, 112, 113, 114, 117, 119, 122, 125, 127, 131, 134, 135, 140.

7. ROBERTSON, William Spence: op. cit., pp. 149, 150, 151.

8. ROBERTSON, William Spence: op. cit., pp. 152, 155, 156.

9. BATLLORI, Miguel: El abate Viscardo. Historia y mito de la intervención de los jesuitas en la independencia de Hispanoamérica. Nueva Edición, Madrid, MAPFRE, 1995, pp. 95-97.

10. ROBERTSON, William Spence: op. cit., pp. 181, 188, 192, 213, 236, 243, 273, 286, 294, 301, 302, 312.

11. ROBERTSON, William Spence: op. cit., pp. 325, 337, 355, 408, 412, 418, 423.

12. ROBERTSON, William Spence: op. cit., pp. 448, 452, 453, 454, 456, 457, 459, 461, 464, 465, 466, 469, 470, 471, 472, 486.

13. ENCINA, Francisco A.: op. cit., t° I, pp. 87-88.

14. GÁLVEZ, Manuel: op. cit., pp. 161, 476, 480.

15. GÁLVEZ, Manuel: op. cit., pp. 289-312.

16. BELAÚNDE, Víctor Andrés: op. cit., p. 131; cfr. GIL FORTOUL, José: Historia de Venezuela. Berlín, 1907, p. 113.

17. ROSA, José María: op. cit., t° II, pp. 13, 14, 85, 86, 87. Sobre el carácter del constitucionalismo hispanoamericano, aparte del estudio de Manuel Fraga Iribarne, ya citado, es muy buena la síntesis de: BELMONTE, José: Historia Contemporánea de Iberoamérica. Madrid, Guadarrama, 1971, t° I, pp. 17, 18, 19, 21.



lunes 6 de julio de 2009

La Defensa de Buenos Aires (el aniversario fue ayer, pero...)

“Nada podría haber sido más mortificante que nuestro paso por las calles en medio de la chusma que nos había vencido.” Lancelot Holland





Acciones de la Defensa de Buenos Aires (5, 6 y 7 de julio).



LOZIER ALMAZÁN, Bernardo: Liniers y su tiempo. Bs.As., Emecé, 1990, Cap. VII, pp.150-160.


4. Atacan Buenos Aires.


En las primeras horas del domingo 5 de julio de 1807 las tropas enemigas, compuestas por cinco mil veintiún hombres [1] marcharon sobre Buenos Aires. Lo hicieron distribuidas en trece columnas que, según los planes previstos, deberían cruzar la ciudad, tratando de no disparar contra la población, y al llegar a la Plaza Mayor abrirse en dos enormes flancos para realizar una operación envolvente sobre la misma.


Antes de hacer un relato de los acontecimientos que siguieron, será más instructivo seguirlos a través del testimonio de los protagonistas de ambos bandos. Dice Liniers en el parte de batalla: “El día 5 a las seis de la mañana empezó el ataque por el Retiro, que bien pronto hizo general en todos los puntos; tres horas y cuarte se mantuvo aquel, a pesar de haber sido atacado por más de dos mil hombres, que acometieron por todas las entradas de este puesto; fueron muertos el Alférez de Fragata don José Rivas, y heridos los Tenientes de Navío don Cándido Lasala [2], don Antonio Leal de Ibarra, el de Fragata don Benito Correa y el Alférez de la misma clase, don Manuel Villavicencio y cinco oficiales más de los otros cuerpos. El Comandante [Juan Gutiérrez de la] Concha tuvo una bala en el sombrero y una contusión en la espalda de otra de rebote; habiendo perdido más de doscientos hombres entre muertos y heridos […]. Los ataques por los demás puntos de la ciudad, fueron muy felices; a cada momento se tomaban números crecidos de tropas y oficiales prisioneros en las calles y en las casas en que se querían fortificar; estos apresamientos y el enardecimiento de las tropas, atrajo algunas desgracias. Bajo una apariencia de parlamento fue muerto mi primer ayudante el Teniente de Navío don Baltasar Unquera, desde el Convento de Santo Domingo; y el del Coronel don Xavier Elío, el Capitán de Artillería urbana don José de Pasos, gravemente herido. Mi recomendable edecán don Manuel Arce, que hacía a mi lado sus primeras armas y se había mostrado con el mayor denuedo en el combate de Miserere, fue igualmente muerto en la calle de las Catalinas. Últimamente, sabiendo que se hallaba en el expresado convento de Santo Domingo el General Craufurd, con más de mil hombres le mandé intimar rendición.” [3]


Pasando al campo enemigo, hablan los testimonios de dos oficiales ingleses. Dice el brigadier general Crawfurd: “Cerca de las doce yo no tenía motivo de suponer que un desastre considerable había sobrevenido a una parte de nuestro ejército […] cuando en esos momentos se aproximó al convento un Oficial español con bandera de parlamento […]. Cuando el Oficial llegó al patio del convento me informó que el Regimiento Nº 88 y algunos otros cuerpos, que no me supo indicar, habían sido hecho prisioneros; que todos nuestros ataques habían fracasado y que traía la misión del General Liniers de intimarme la rendición, que yo rechacé terminantemente, y entonces el Oficial se retiró sin más decir.” [4] Y el teniente coronel Holland: “El cruce de la ciudad con el General Crawfurd no presentó grandes dificultades; nos tiraron poco […]. Pack lo había pasado muy mal y se estaba replegando hacia un puesto llamado Residencia […]. El propio Pack tenía cinco impactos en el uniforme, dos de los cuales lo habían herido levemente. Había perdido gran número de oficiales y tropa entre muertos y heridos; algunos quedaron por las calles, otros pocos venían con él. Les habían disparado desde las casas. […] Al final de la calle por la que había marchado el Coronel Pack se levantaba una gran catedral [se trata de Santo Domingo]. El General Crawfurd decidió que debíamos tomarla y mantenernos en ella hasta que tuviésemos noticias de las columnas de la izquierda. Abrimos las puertas a cañonazos y apostamos a nuestros fusileros en toda la parte superior del edificio para ahuyentar a los españoles que desde los techos de las casas vecinas nos hacían fuego sin cesar; pero no lo logramos. Todavía teníamos bastantes esperanzas. En la Catedral [Santo Domingo] encontramos el pabellón del 71, que Pack se alegró muchísimo de recuperar”. [5]


Recibida la respuesta negativa de Crawfurd, Liniers ordenó inmediatamente que se atacara con toda energía a las tropas acantonadas en la Iglesia de Santo Domingo. Debían hacerlo el Tercer Batallón del Regimiento de Patricios, el Tercio de Cántabros, una Compañía de Granaderos Provinciales (los que más tarde fueron denominados Granaderos de Fernando VII), apoyados por la artillería volante del flamante teniente coronel José Fornaguera [6]. El mismo Crawfurd describe este ataque con patética fidelidad: “Entre las doce y la una, una columna considerable avanzó por la calle situada al oeste del convento [actual calle Defensa], con la intención aparente de apoderarse de un cañón de a 3 que había quedado en la calle […]. Inmediatamente ordené que todo el Cuerpo de Rifleros bajase de los diferentes puntos en que habían sido colocados en las partes altas del edificio, y al mismo tiempo, de traer consigo la bandera del Regimiento Nº 71, que al ser encontrada por nosotros en la iglesia al penetrar en ella, habíamos izado en la torre de la misma […]. El enemigo retrocedió al principio; pero el fuego hecho desde las casas cercanas al convento era tal que en el espacio de tres minutos fueron muertos o heridos unos cuarenta hombres del Regimiento Nº 45, que había llevado el ataque. También el Mayor Trotter fue muerto; y viendo que no era posible hacer nada, ordené al resto que volviese al convento, que continuamos defendiendo hasta las tres y media de la tarde.” [7]


Hacia el mediodía, el ánimo de la oficialidad inglesa ya era embargado por un presagio de derrota. El brigadier general Crawfurd mantuvo una conferencia con los tenientes coroneles D. Pack y W. Guard y el mayor McLeod, para analizar la situación en que se hallaban y estudiar las distintas alternativas que podían adoptar. Dice Holland en su Diario: “El enemigo nos tenía bajo metralla y seguía trayendo cañones. Las tropas estaban alarmadas y desmoralizadas. A las cuatro el General Crawfurd consultó con los coroneles Guard y Pack y el Mayor McLeod acerca de las medidas a tomar, y acordaron establecer comunicación con el enemigo: se izó una bandera de parlamento. A consecuencia de ello, se nos presentó un oficial español [el coronel Velazco] y nos dijo que nuestras fuerzas habían sido arrasadas, capturadas o puestas en fuga; que el General Liniers estaba dispuesto a recibirnos como prisioneros de guerra, pero que no nos haría otras concesiones. Después de conferenciar entre nosotros, enviamos al español de vuelta con algunas propuestas; volvió, y nos anunció que el General Elío se había llegado hasta nuestras puertas para hablar con el General Crawfurd. Este salió y se encontró con un individuo mal trazado que dijo ser el General Elío y a quien rodeaba una turba chillona, vociferante y además armada, por lo que temimos que en cualquier momento tiraran contra nosotros.


“Habiendo convenido los Coroneles Guard y Pack con el General Crawfurd en que no teníamos otra salida que rendirnos, se estableció con el tal Elío que nos entregaríamos como prisioneros de guerra.


“Se nos ordenó salir desarmados. Fue un momento amargo para todos nosotros: los soldados tenían los ojos llenos de lágrimas. Se nos hizo marchar a través de la ciudad hasta el Fuerte.


“Nada podría haber sido más mortificante que nuestro paso por las calles en medio de la chusma que nos había vencido. Eran individuos de piel muy morena, cubiertos de harapos, armados con mosquetes largos y algunos con espada. No había el menor asomo de orden ni uniformidad entre ellos.


“Nos llevaron a la casa de Liniers dentro del Fuerte y allí se nos condujo a una sala llena de oficiales británicos: encontramos a los del 88 que no habían caído heridos o muertos. Estaba el Coronel Cadogan con los oficiales a sus órdenes”. [8]


Antes de su rendición en la iglesia de Santo Domingo, el coronel Denis Pack había intentado un asalto al Cuartel de los Patricios, con muy mala fortuna. Por su lado el teniente coronel Cadogan, avanzando por la calle del Correo había intentado apoderarse del Cuartel de la Ranchería, con peor suerte ya que perdió la mitad de sus fuerzas y se vio obligado a buscar refugio en la casa de la Virreina viuda.


Controlados todos los frentes con excepción del Retiro y la Residencia que aún estaban en poder del enemigo, y habiendo hecho prisioneros a no menos de mil soldados y unos ochocientos oficiales, Santiago Liniers consideró oportuno reunirse en la Sala de Acuerdos con los cabildantes para informarles sobre los pormenores de los últimos acontecimientos y buscar la forma de obtener la rendición total de las tropas británicas a fin de evitar mayores derramamientos de sangre. En un principio Liniers propuso negociar la evacuación del enemigo contra entrega de la totalidad de los prisioneros. Pero Martín de Álzaga, que en esta oportunidad había compartido el mérito de la victoria, planteó condiciones más severas; la devolución de los prisioneros, incluidos los tomados en la Reconquista, se haría a cambio del retiro de los británicos tanto de Buenos Aires como de la Banda Oriental. Una vez de acuerdo con esta propuesta, se redactó una intimación que decía: “Excelentísimo Señor: los mismos sentimientos de humanidad que animaron a Vuestra Excelencia, son conocer mis fuerzas, a proponer el capitular me animan hoy con el pleno conocimiento de las de Vuestra Excelencia, con ochenta oficiales de todas las graduaciones y mil soldados prisioneros, y a lo menos con el doble de muertos, sin que los ataques hayan llegado al centro de mi batalla. Para evitar mayor efusión de sangre y dar a Vuestra Excelencia una nueva prueba de la generosidad española, vengo a proponer a Vuestra Excelencia que, siempre que se quiera reembarcar con el residuo de su ejército, evacuar a Montevideo y todo el Río de la Plata, dejándome rehenes para la seguridad del tratado, no solamente le devuelvo todos los prisioneros que tengo en el momento en mi poder, sino todos los que tengo hechos a su antecesor el Mayor General Beresford: en inteligencia que, no admitiendo Vuestra Excelencia esta propuesta, no respondo, según el enardecimiento de mis tropas, de que experimenten las suyas todo el rigor de la guerra; estando tanto más exasperadas cuanto que tres de mis edecanes han sido heridos, habiéndose presentado a diferentes puntos en que se habían asomado banderas parlamentarias; motivo por el cual envío a Vuestra Excelencia ésta por uno de sus oficiales, esperando su respuesta en el término de una hora. Tengo el honor de ser de Vuestra Excelencia su obediente servidor. –Santiago de Liniers. –Buenos Aires, 5 de julio de 1807. –Excelentísimo Señor John Whitelocke.” [9] Ya rubricado lo anterior, Liniers recibió la noticia de la rendición de las tropas que ocupaban Santo Domingo, al mando de Crawfurd, por lo que le agregó la siguiente posdata: “Después de escrita la presente, ha caído prisionero el General Crawfurd con toda su división y muchos oficiales de varios regimientos.”


Era la madrugada del 6 de julio cuando Liniers envió, por medio de un prisionero llamado Hamilton, sargento del Regimiento 17º de Dragones ligeros, la intimación destinada al general Whitelocke que se encontraba en los corrales de Miserere, tratando de tomar contacto con lo que le quedaba de su disperso y abatido ejército. Leído el documento, Whitelocke se trasladó hasta la Plaza de Toros para inspeccionar el estado de la tropa y constatar la cantidad de armamentos disponibles. Sólo entonces redactó y despachó una respuesta, en estos términos: “Cuartel General, Plaza de Toros, julio 6 de 1807. – Señor: Tengo el honor de acusar recibo de su carta. Vuestra excelencia me hace justicia en creer que cualquier cosa que sea relativa a la causa de la humanidad me será grata; y por lo mismo, y que por la duración del combate de ayer los heridos de ambas partes están dispersos en considerable espacio de terreno, yo propondría que haya un armisticio de veinticuatro horas para que cada uno pueda juntar esos dispersos en las líneas de avance de las diferentes columnas. Que la posición que ocupan ahora los ejércitos sea la línea de demarcación y que cada uno lleve los heridos del otro para entregarlos en los respectivos puestos avanzados. Por lo que respecta a la proposición de someterse a las ventajas que su ejército ha obtenido, ella es absolutamente inadmisible. Habiendo también nosotros tomado muchos prisioneros, apresado una cantidad de artillería con todas sus municiones y ganado sus dos flancos, dejo a la sinceridad de Vuestra Excelencia la comparación de la situación respectiva de los dos ejércitos. Lamento la circunstancia de haber sido heridos sus ayudantes de campo. No puedo atribuirla a otra cosa que a las equivocaciones que comúnmente ocurren al principio de las hostilidades. Yo cuidaré que esto no vuelva a suceder; pero tengo que observar que a mi ayudante de campo le hicieron fuego por todo el camino a su llegada a las líneas de Vuestra Excelencia cuando lo mandé e parlamentario el cuatro del corriente. Tengo el honor de ser, etc. – John Whitelocke. – Excelentísimo Señor General Liniers” [10].


Liniers consideró inaceptable la respuesta británica, por lo que, a fin de no perder tiempo ni concederlo al enemigo, la replicó verbalmente al mismo oficial parlamentario, diciéndole: “que no se admitían treguas algunas y que, si en el término de un cuarto de hora no se daba una respuesta categórica a la intimación que se le había hecho, concluido aquel se daría principio a la acción con el mismo ardor que antes” [11]. El inglés partió con esta nueva intimación verbal, y Liniers, adelantándose a los acontecimientos, “mandó prevenir a las tropas destacadas para acometer a la columna [enemiga] de la Residencia”. Cumplido el cuarto de hora sin que se recibiera respuesta alguna, Liniers dispuso reanudar las hostilidades atacando a la Residencia con dos cañones, dos obuses y unos cien hombres al mando del capitán José Piris.

Durante el resto del día se verificaron varios enfrentamientos, como el de Plaza Lorea y los disparos de artillería pesada que, desde el Fuerte, se hicieron a las cañoneras inglesas apostadas en las proximidades de las playas del Retiro, las que respondieron con fuego sobre la ciudad poniendo en constante alarma al vecindario. Un oficial inglés ha dejado una descripción muy realista de uno de los factores que más influyeron en su derrota: “Las calles de Buenos Aires son todas paralelas y se cortan e ángulos rectos, formando cuadrados casi iguales entre sí. Las casas están hechas de ladrillo y, con vistas a la defensa, las paredes son gruesas, las ventanas tienen barras de hierro, las puertas fuertes cerrojos. Las azoteas son lisas, con un parapeto de dos pies de altura y troneras. Están intercomunicadas.

“De las casas fue de donde más sufrimos el ataque; desde allí llovían disparos de mosquete y granadas de mano sobre nuestras columnas que causaban enormes estragos. Era difícil forzar una casa, y cuando se lograba, el enemigo huía por los techos para retornar si no la ocupábamos; así todas las partes de las columnas sufrían el embate por igual.”


Esa tarde Liniers la dedicó a negociar la rendición británica, según se infiera de lo anotado por Holland: “A las tres el General Liniers invitó a cenar a todos los oficiales subalternos. Nos esperaba un número igual de españoles. La cena, bastante buena, tuvo lugar sin ceremonias ni ostentaciones. Liniers es un hombre afable y conversador y no parece poseer talento. Al finalizar la comida vino el General Gower a hablar [parlamentar] con Liniers, a causa de una carta que él nos había enviado con un parlamentario por la mañana. Estuvieron largo rato encerrados juntos” [12].


5. El león británico nuevamente abatido.


Durante la mañana del 7 de julio se celebró en la Plaza de Toros una trascendente reunión entre el jefe de la escuadra, contraalmirante George Murray y el general John Whitelocke quienes, considerando la opinión previa de los generales Gower, Auchmuty y Lumley, resolvieron aceptar las condiciones ofrecidas por Liniers para concretar la rendición de todas las tropas británicas en el Río de la Plata. En sus declaraciones ante el tribunal militar, George Murray relata así este momento: “Lo hallé [al general Whitelocke] en la Plaza de Toros, sobre la azotea de una de las casas: con él estaban el General Gower, Sir Samuel Auchmuty y el General Lumley. El General reinformó respecto a la situación del ejército y al contraste que había sufrido. […] Siguió manifestando que sería inútil continuar la empresa, pues la América del Sur nunca sería conquistada por Inglaterra.” [13]


Tomada la resolución, hicieron llegar a Santiago Liniers un oficio de texto muy lacónico: “Plaza de Toros, julio 7 de 1807. – Señor: Tenemos el honor de comunicarle que, inspirados solamente en los motivos que ha expresado el Mayor General Lewinson Gower, consentimos a las condiciones propuestas, y se nombrarán oficiales para que, junto con los nombrados por Vuestra Excelencia, se tomen las disposiciones para el recibo de prisioneros, el embarque del Ejército inglés y otros particulares. –Tenemos el honor de ser, etc. –John Withelocke. –George Murray. –Excelentísimo Señor General Liniers.” [14]


La noticia se festejó con el repicar de campanas de todas las iglesias, y salvas disparadas por las tropas reunidas en la Plaza Mayor, a las que se sumaron los vecinos en espontáneas demostraciones de júbilo. Claro que no todo era motivo de alegría: muchas familias lloraban deudos caídos en combate, y las calles ofrecían el macabro espectáculo de cadáveres, en su mayoría ingleses, en los que se cebaba el hambre de los perros cimarrones que abundaban en la ciudad. Los conventos se habían transformado en hospitales de emergencia para heridos de ambos bandos; los cirujanos hacían lo que la ciencia del momento les permitía, y el resto quedaba en manos de Dios.


De lo que ocurría dentro del Fuerte, es inmejorable testimonio la pluma sincera y espontánea de Holland. Cuenta que esa mañana, como necesitara procurarse una camisa limpia y una navaja para afeitarse, fue conducido por el capitán Carroll a “una habitación donde Liniers acababa de levantarse y estaba vistiéndose. Muy fresco le explicó la razón por la que me había conducido allí; inmediatamente el mismo Liniers fue a conseguirme navaja, camisas, etcétera, y todavía media hora después andaba buscándome un cepillo de dientes nuevo. Mientras hacía todo esto hablaba continuamente, con mucha rapidez y poco sentido. El tiempo que estuve con él, no menos de diez españoles de bastante mal aspecto, algunos militares, otros civiles, cruzaron la habitación de Liniers sin ninguna ceremonia y quejándose de los ingleses a grandes voces. Sus modales son los de gente en pie de perfecta igualdad.” Sigue diciendo Holland: “A las doce llegó un parlamentario: traía la aceptación del General Withelocke de las condiciones acordadas en la jornada anterior, lo que provocó en la gente enorme regocijo, gritos, disparos, etcétera.” [15]


Las mencionadas condiciones quedaron establecidas en un “Tratado definitivo: acordado entre los Generales en jefe de las tropas de S.M.C y su M.B según los artículos siguientes:


1º Habrá desde este tiempo cesación de hostilidades en ambas bandas del Río de la Plata.


2º Las tropas de Su Majestad Británica conservarán durante el tiempo de dos meses, contados desde el día de la fecha, la Fortaleza y Plaza de Montevideo, y como país neutral se considerará una línea desde San Carlos al oeste hasta Pando al este, y no se harán hostilidades en ninguna parte de esta línea: entendiéndose la neutralidad únicamente en que los individuos de ambas naciones puedan vivir libremente bajo sus respectivas leyes, siendo los Vasallos Españoles juzgados por las suyas, y los Ingleses por la de su nación.


3º Habrá de ambas partes una restitución recíproca de prisioneros, incluyendo no solamente los que se han tomado desde la llegada de las tropas al mando del Teniente General Withelocke, sino también todos los súbditos de Su Majestad Británica tomados en la América del Sur desde el principio de la guerra.


4º Que para el más pronto despacho de los buques y tropas de Su Majestad Británica no se pondrá impedimenta en los abastos de víveres que se pidan para Montevideo.


5º Se dará el término de diez días contados desde la fecha para el reembarco de las tropas de Su Majestad Británica a fin de pasar a la Banda del Norte del Río de la Plata, llevando sus armas los que en la actualidad las tengan, con la artillería, municiones y equipajes, haciéndose el reembarco en los puntos más convenientes que se escojan, y durante este término podrán vendérseles los víveres que necesiten.


6º Que llegando el caso de la entrega de la Plaza y el Fuerte de Montevideo que se ha de verificar el cumplimiento de los dos meses prefijados en el artículo 2º, se hará en los términos que se encontró y con la artillería que tenía al tiempo de su toma.


7º Se entregarán mutuamente tres oficiales de graduación hasta el cumplimiento de estos artículos por ambas partes, debiéndose entender que los oficiales de Su Majestad Británica que han estado bajo su palabra, no podrán servir contra la América del Sud hasta su llegada a Europa. Hecho en la fortaleza de Buenos Aires a 7 de julio de 1807. – Firmado: Santiago Liniers, César Balbiani, Bernardo de Velazco, John Whitelocke, George Murray.” [16]


Para dar cumplimiento a lo acordado en el artículo séptimo de la capitulación, los británicos designaron en calidad de rehenes al mayor Nicholls y a los capitanes Hamilton y Carroll; por su parte los rehenes españoles fueron los coroneles César Balbiani y Agustín Pinedo y el teniente coronel Francisco de Quesada y Silva, conde de Donadío de Casasola; a último momento se dispuso exceptuar al coronel Pinedo, por lo que consecuentemente se le otorgó igual concesión al capitán Carroll.


No obstante el clima de excitación que se vivía en el Fuerte y fuera de él, Liniers mantuvo su acostumbrada magnanimidad y cortesía para con el enemigo vencido. Holland relata que, ese mismo 7 de julio, “los oficiales subalternos volvimos a cenar con Liniers. En medio de la comida, un grupo de vecinos irrumpió para exigir que se les entregara a Pack; Liniers, furioso, se vio en grandes aprietos para echarlos en medio del bullicio y la confusión. Por la noche, siguiendo instrucciones de Liniers, el General Balbiani disfrazó a Pack de español, le procuró un caballo y lo envió a nuestras líneas escoltado por un edecán de Liniers. La gente está irritadísima con Pack, y de otra manera lo hubiera hecho pedazos sin duda alguna. En realidad dan la impresión de querer hacernos pedazos a todos nosotros.” [17] Holland se embarcó el 11 de julio, y anotó en su diario que “con brisa buena y fresca, zarpamos momentos antes del amanecer. Llegamos a Montevideo a las ocho. […] Después de los barcos grandes a los que nos habíamos habituado, el Saracen era chico e incómodo; pero para volver a Inglaterra cualquier cosa que flote es buena” [18]. El resto de la tropa invasora permaneció en Montevideo hasta los primeros días de septiembre, en que la flota británica se hizo a la vela rumbo a su patria.


Llegada la noticia a Inglaterra, los periódicos exteriorizaron su desaliento y rencor mal reprimidos, como lo demuestra el Bell´s Weekly Messenger en su editorial del 13 de septiembre: “Nuestro orgullo nacional que merece éxito ha sido mancillado. Los mulatos españoles han aprendido a despreciarnos. Un ejército de efectivos suficientes, de alta disciplina y espíritu de lucha, ha sido dispersado por una muchedumbre sudamericana. Hemos sido burlados en la forma más vergonzosa.” Más adelante el furioso articulista hace algunas consideraciones de índole geopolítica que mantienen plena vigencia en la actualidad: “El sistema colonial de Gran Bretaña se ha extendido mucho más allá de los límites de la buena política, y si esta manía sudamericana continúa, será necesario duplicar el esfuerzo. Fue desgraciado el momento aquel en que nuestros hombres de gobierno se entregaron a la visión de un imperio en América, que bien caro nos está resultando. Además no es de creer que podremos sujetar a estas naciones con cadenas de seda en voluntaria alianza a un poderoso protector.” [19]


Los mismos sentimientos de frustración afloraron durante el proceso contra el teniente general John Withelocke: “Inglaterra que con el vigor de sus instituciones y el estado floreciente en que se encuentran sus artes, hizo y sigue haciendo sentir el efecto de su influencia, desde un centro común, a todos los puntos de las cuatro partes del mundo […] Inglaterra, repetimos, antorcha del genio emprendedor, sufrió el más cruel revés que nación alguna experimentara, debido más que todo a la criminal ineptitud de un General en que la civilización y los amantes del progreso tenían la vista fija.”


Notas:


1. Ib., p. 325. [BEVERINA, Juan: Las invasiones Inglesas al Río de la Plata]


2. Cándido Lasala testó el 10/07/1807 ante el escribano Tomás José Boyzo (A.G.N Registro Nº 5, fol. 215-216 vta.), hallándose herido de gravedad; declaró ser soltero y no tener herederos forzosos. Falleció y fue enterrado en la iglesia de San Francisco el 17/07/1807, en ceremonia que contó con la presencia de Santiago de Liniers, los cabildantes y oficiales de los distintos Cuerpos. (Diario de un soldado, pp. 182-183).


3. MITRE, BARTOLOMÉ: Op. cit. Apéndice Documental, parte de Liniers al Príncipe de la Paz (31/7/1807), pp. 363-364. [Historia de Belgrano…]


4. BEVERINA, JUAN: Op. cit., p. 349. Proceso de Whitelocke, tomo II, p. 514.


5. HOLLAND, LANCELOT: Op. cit., pp. 120-121. [Expedición al Río de la Plata]


6. LOZIER ALMAZÁN, BERNADO PEDRO: Archivo particular. Certificado extendido por Santiago Liniers el 6/5/1807, “atendiendo a los méritos y servicios del Sargento Mayor del cuerpo de Patriotas de la Unión agregado al Real de Artillería, he tenido por conveniente concederle el grado de Teniente Coronel”. Original.


7. Proceso de Withelocke, tomo II, p. 514, citado por J. Beverina, op. cit., p. 350.


8. HOLLAND, LANCELOT: Op. cit., pp. 122-123.


9. Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires. Años de 1805 a 1807, p. 613.


10. Ib., p. 616.


11. Ib., p. 616.


12. HOLLAND, LANCELOT: Op. cit., p. 124.


13. Proceso de Whitelocke, tomo II, p. 593, citado por J. Beverina, op. cit., pp. 380-381.


14. Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires. Años de 1805 a 1807, p. 619.


15. HOLLAND, LANCELOT: Op. cit., p. 125.


16. BERUTI, JUAN MANUEL: Memorias curiosas o Diario. Revista de la Biblioteca Nacional. Tomo VII, Nº 24, pp. 393 a 401.


17. HOLLAND, LANCELOT: Op. cit., p. 125.


18. Ib., pp. 127-128.


19. MARTÍNEZ ZUVIRÍA, GUSTAVO: Las invasiones inglesas vistas desde allá…, op. cit., p. 245.



Contra las pestes: Comulguemos de modo reverente, Nuestro Señor Jesucristo es la Salud.



EL CUERPO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO NO PUEDE CAUSARNOS PESTES


Comulguemos de modo reverente: de rodillas y en la boca.


ERES EL MÉDICO DE LA VIDA


Dios todopoderoso y eterno, aquí vengo al sacramento de tu Hijo Único, Nuestro Señor Jesucristo; vengo como enfermo al médico de la vida, como impuro a la fuente de la misericordia, como ciego a la luz de la claridad eterna, como pobre e indigente al Señor del cielo y de la tierra.


Imploro, pues, la abundancia de tu inmensa generosidad, para que te dignes curar mi enfermedad, lavar mi suciedad, iluminar mi ceguera, enriquecer mi pobreza, vestir mi desnudez; y así pueda recibir el pan de los Ángeles, al Rey de reyes, y Señor de señores, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tanta pureza y fe, con tal propósito e intención, como conviene para la salud de mi alma.


Dame, te ruego, que no sólo reciba el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, sino también la gracia y la virtud del sacramento.


Dios de mansedumbre, concédeme, así, recibir el Cuerpo de tu Hijo único, Nuestro Señor Jesucristo, que El tomó de la Virgen María, para que merezca ser incorporado a su Cuerpo Místico y contado entre sus miembros.


Padre lleno de amor, concédeme contemplar por toda la eternidad el rostro revelado de tu amado Hijo que, ahora oculto, me propongo recibir en el camino de esta vida.


Que contigo vive y reina en la unidad el Espíritu Santo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.


Santo Tomás de Aquino


DÍGNATE CURAR MI ENFERMEDAD




Se casaron en terapia intensiva. (merece contarse)

Diario de Cuyo



HISTORIAS

Se casaron en terapia intensiva

Se trata de una pareja de jóvenes que decidió hacerlo mientras ella está en riesgo de muerte.

FABIANA JUÁREZ - DIARIO DE CUYO

Durante nueve años estuvieron en pareja. Hace algunos días se casaron. Y su casamiento se transformó en un hecho sin precedentes. Cintia y Diego formalizaron su amor en Terapia Intensiva del Hospital Rawson, donde ella aún lucha por mantenerse con vida. Fue el primer matrimonio celebrado en este lugar, según los enfermeros que llevan más de 20 años trabajando allí.

La vida de Cintia Allenda (24) y Diego Pelaitay (28) transcurría sin sobresaltos en su casa en Pocito y junto a su familia. Pero a mediados de mayo todo cambió. Ella contrajo un virus que le infectó la sangre y que afectó sus cuatro extremidades. La internaron en Terapia Intensiva y a los pocos días le amputaron el brazo izquierdo. Pero la infección no se detuvo y los médicos no descartaron la posibilidad de amputarle los demás miembros. Opción que, según lo que le dijeron los profesionales, no se sabía si sería suficiente para detener el avance del mal y descartar el riesgo de muerte.

De todos modos, y con un pronóstico tan poco prometedor, Cintia concretó el sueño de casarse. Allí mismo, y sin moverse de la cama.

A pocos días del matrimonio, y aún en Terapia Intensiva, la chica recibió a DIARIO DE CUYO para contar su historia de amor. "Después de perder el brazo, ningún parte médico me sorprendió -dijo-. Pero fue Diego quien me dejó sin palabras el día que me preguntó si me quería casar con él. No dudé en responderle sí, quiero".

Cintia contó que ni bien el personal de Terapia se enteró de la noticia, comenzaron a organizar el evento. Mientras su novio se encargaba de buscar a un juez de paz y a un cura para el casamiento civil y religioso, las enfermeras del servicio prepararon el ajuar para la novia y la decoración de la habitación. "A ella le hicieron un tocado y pusieron flores por todas partes -dijo Diego sin dejar de acariciarle el cabello a su esposa-. Todos los enfermeros me felicitaban por querer casarme con Cintia a pesar de lo que estaba pasando. Pero yo les decía que para mí no era un sacrificio, sino la forma de demostrarle que la amo y que voy a estar con ella en las buenas y en las malas".

Según cuentan los flamantes esposos, la ceremonia de casamiento se realizó sin hacer demasiado ruido para no molestar a los demás internos. Pero con mucha emoción y la presencia de algunos familiares y amigos.

Por el momento, el estado de salud de Cintia Allenda de Pelaitay es estable, aunque sin un pronóstico certero. Todavía se encuentra internada en Terapia Intensiva a la espera de los resultados de nuevos estudios. Pero con mucho optimismo. "La fiesta, los anillos y la Luna de Miel, para cuando me den el alta", le dijo a DIARIO DE CUYO a modo de despedida.

miércoles 1 de julio de 2009

El Tedeum de San Juan Bautista (ficción y propuesta pedágogica para el próximo 9-J).

¿Quién te dijo que no se puede evangelizar sin cabeza?



Texto: El Tedeum de San Juan Bautista. En Revista Cabildo, Nº 68, Bs. As., septiembre-octubre de 2007, pp. 14-16.


Había llegado el día de la fiesta patria. La ciudad amaneció teñida de celeste y blanca, en particular la avenida central, por la que pasarían el presidente de la república y su extensa comitiva, compuesta por casi todos los miembros del gabinete, gobernadores de provincias, senadores, diputados y otros empinados jerarcas del régimen.


El programa oficial marcaba como punto de partida de los festejos el Tedeum, que oficiaría el Ordinario del lugar con toda la pompa del caso. En la catedral estaba todo dispuesto para dar comienzo a la sagrada liturgia: el altar con su pulcro mantel blanco, las velas encendidas, el coro afiatado, los monaguillos revestidos, los arreglos florales embelleciendo el presbiterio y las naves, las luces encendidas a pleno para realzar el marco, y una numerosa caterva de chupamedias y genuflexos que aguardaba la llegada del presidente para hacerse notar y apuntarse algunos porotos a favor. Curiosamente, no había entre los presentes ningún católico.


Había, eso sí, numerosos “catolicoides”; pero el grueso de la concurrencia estaba compuesto por ateos, agnósticos, judíos, evangelistas, miembros de sectas esotéricas y otras hierbas por el estilo, entre las que se destacaban varias mujeres con la cabeza cubierta por pañuelos blancos que ocultaban la ideología azabache que bullía en sus respectivos cerebros. En fin, la catedral se había convertido en un extraño zoológico poblado por bípedos implumes de diversos pelajes.


El Obispo se encontraba en la sacristía, dándole los últimos retoques al serón que pronunciaría ante las máximas autoridades de la nación. Prepararlo le costó varias noches en vela y un incesante mordisqueo de uñas. A pesar de estar disconforme con el gobierno, que era esencialmente anticristiano, consideraba inconveniente pronunciar en la ocasión palabras “políticamente incorrectas”, porque en la relación con los poderosos –según su criterio- había que ser muy moderado para no provocar reacciones contrarias. Por otra parte, cabe agregar que en el seminario “aggiornado” donde se formó le habían inculcado una gran devoción por la tolerancia, el pluralismo, la moderación y la democracia, y él había asimilado muy bien esas lecciones y obraba en consecuencia.


Mientras caminaba con paso nervioso de un lado a otro de la sacristía se decía: “Si a uno se le dispara el potro y en el galope les canta las cuarenta a los que ostentan el poder, corre el riesgo de terminar decapitado como San Juan Bautista. Indudablemente el Precursor obró desacertadamente, porque llevado por su ímpetu habló más de la cuenta y por eso terminó decapitado… ¡y sin cabeza no se puede evangelizar! De modo que yo debo medir mis palabras para no cometer el mismo error. Sería una pena que por decir la verdad me cortaran la cabeza a mí, que soy un joven prelado con todo un horizonte abierto al futuro. Equivaldría a truncar un porvenir halagüeño, que bien podría reportarle a la Iglesia una gloria inmarcesible…”


Con esa idea, el Obispo había preparado su sermón. Sería un caudaloso río de palabras sin una gota substancia, cosa de zafar airoso del compromiso que las circunstancias le imponían. Además, mecharía su vacua perorata con condescendientes loas a la democracia, sabiendo que eso les agradaría a los encumbrados oyentes.


Las campanas comenzaron a repicar anunciando el arribo de la comitiva y la proximidad de la ceremonia. La banda municipal ejecutó una marcha de recepción. Le hubiera correspondido hacerlo a la banda del Ejército, pero ésta no pudo asistir por falta de personal y por tener las cornetas pinchadas y los tambores agujereados por culpa de la ministra de Defensa, que ese año -con el guiño tuerto del presidente- había desviado buena parte del magro presupuesto de las Fuerzas Armadas para costear los gastos de la universidad y la radio de las Madres de Plaza de Mayo, y al pago de indemnizaciones a los desaparecidos que gozaban de buena salud.


El presidente y la comitiva entraron a la Catedral con desgano. En realidad no les interesaba el Tedeum sino el acto masivo, político y no patriótico, que se realizaría después en la plaza, con la presencia de una muchedumbre arriada como borregos, atraída por el choripán, el tetra y la posibilidad de ligar un electrodoméstico de manos de algún puntero político.


Cada cual ocupó su respectivo lugar en los bancos, y aguardó el inicio de la ceremonia. Al empezar a emitir el órgano de tubos sus estruendosos acordes, el Obispo y los acólitos se dispusieron a iniciar la procesión de entrada. Pero en ese instante ocurrió algo increíble, que rompió todos los esquemas de lo imaginable y superó la capacidad de asombro de hasta el más pintado: abrióse violentamente la puerta de la sacristía que daba al jardín de la casa parroquial, y por ella apareció… ¡San Juan Bautista! Estaba revestido con una túnica de pelo de camello y un cinturón de cuero.


Su figura, imponente, vigorosa, enérgica; sus ojos llameantes. Se notaba la austeridad en cada uno de sus rasgos, que parecían tallados en piedra. Llevaba en su mano derecha un humilde cayado de pastor, que agitó en el aire amenazadoramente cuando abrió los labios para exclamar con una voz firme y perentoria que no admitía réplicas:


“¡Del Tedeum me hago cargo yo! ¡Y con vos, “obispillo”, hablaré después para aclarar los tantos sobre si se me escapó el potro y obré desacertadamente!”


Por toda respuesta, el “obispillo” se desmayó ipso facto cayendo redondamente al suelo, al tiempo que los acólitos, presas del terror, salían disparando a velocidad ultrasónica. Sin dudar un instante, Juan el Bautista se dirigió con paso firme al presbiterio para oficiar el Tedeum. Cuando lo vieron aparecer se escuchó un ¡Ooooooh! fenomenal, que tapó el estruendo del órgano y expresó claramente la mezcla de estupor, incredulidad y temor de los presentes al contemplar, con los ojos fuera de las órbitas, al inesperado personaje. La buena acústica del templo hizo que el ¡Ooooooh! se prolongara un largo rato, después del cual tronó la voz del Precursor que comenzaba su homilía:


“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Y al que no le guste, que se embrome: Infame pingüino estrábico que crucificas a la Argentina con tu pésimo gobierno. Bruja consorte, Kretina “la shoppinguera”. Hipócritas ministros del montoneril gabinete. Malgobernadores de las provincias. Raza de víboras del Senado y sepulcros blanqueados de la Cámara de Diputados. Jueces inicuos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Madres de los viles asesinos setentistas. Empresarios corruptos de toda laya. Nabos y nabas todos aquí presentes. Tenga ustedes el mal día que se merecen por ofender a Dios, traicionar a la patria y al pueblo, y no producir el fruto de una sincera conversión.


“Estamos reunidos en este recinto sagrado, presididos por Cristo Rey en el Sagrario y su Santísima Madre, representada en la imagen de la Inmaculada Concepción que aplasta la cabeza de vuestra amiga y socia la serpiente infernal, para conmemorar un nuevo aniversario de la Patria Argentina. ¡Gloria a este noble país amado por Dios y descuajeringado por ustedes! ¡Bendita su bandera que tiene los colores del manto de la bienaventurada Virgen María, y que ustedes manchan con su puerca conducta!


“¡Pero vayamos al grano! En principio me correspondería pronunciar una homilía alusiva al acontecimiento que celebramos, mas no lo haré porque sería gastar pólvora en chimangos, ya que a ustedes Dios y la Patria les importan un bledo, y lo que yo dijera les entraría por una oreja y les saldría por la otra. En resumidas cuentas, lo más conveniente en esta ocasión no es predicar un sermón sino hacer un exorcismo, para que salgan disparando las tropillas de diablos que cada uno de ustedes encierra en su alma, como se encierran los chanchos en los pútridos chiqueros de nuestros campos. Así que… ¡atajen el agua bendita, manga de sotretas, que ahí va!”…


Juan el Bautista empuñó un enorme hisopo repleto de agua bendita, y avanzando por el pasillo central del templo, comenzó a sacudirlo a diestra y siniestra empapando a los presentes. La reacción que se produjo fue verdaderamente infernal. El presidente, con tal de eludir la mojadura, se refugió debajo de un banco. Desde allí miraba aterrado al Precursor con su ojo sano, mientras el estrábico se le disparaba hacia cualquier parte, como de costumbre. La Bruja consorte, indignada, aulló al comprobar que un chorro le había salpicado la lujosa y costosísima cartera comprada la semana pasada en París. Ministros, senadores y diputados huían despavoridos, chocándose entre sí y emitiendo extraños sonidos guturales, semejantes a los de las bestias selváticas. En un momento dado, Juan el Bautista se topó cara a cara con el ministro de salud, que paralizado por el miedo no podía mover ni el dedo meñique y sólo atinaba a decir con un temblequeante hilo de voz: “¡Agua bendita no! ¡Agua bendita no! ¡Agua bendita no!” El Precursor lo atravesó con la mirada, y después de gritarle: “Herodes”, le lanzó un chorro que lo dejó completamente empapado. Las Madres de Plaza de Mayo, corriendo como bisontes en estampida, se dirigieron a la puerta de calle mascullando palabrotas, acusando al Precursor de represor y genocida y amenazándolo con denunciarlo ante “Página/12” y el “Perro” Verbitsky. Juan el Bautista, las amenazó con el hisopo, y eso bastó para que la piara se esfumara como por arte de magia.


Muy poco duró el impresionante espectáculo. Apenas un par de minutos bastó para que la catedral quedara vacía y envuelta en un silencio total. Juan el Bautista se arrodilló ante el Sagrario y permaneció allí un largo rato, sumido en profunda oración. Después se dirigió a la sacristía, donde el “obispillo” seguía tendido en el piso cuan largo era, y lo hizo volver en sí echándole el último chorro de agua bendita que quedaba en el hisopo. Al ver al Precursor amagó con desmayarse de nuevo, pero éste lo agarró por los hombros y lo sacudió enérgicamente, mientras le decía:


“Vamos, hombre, levántate. Y que Dios te muestre interiormente lo que aquí sucedió cuando estabas desmayado, así aprendes la lección. En tu dedo anular llevas un anillo que simboliza tu desposorio con la Iglesia. Tu fidelidad es para con Ella y no para con la democracia. Un Obispo cabal se sabe heraldo y pregonero de la Verdad y la predica a tiempo y a destiempo, sin medir las consecuencias. La moderación “equilibrista” y las actitudes “políticamente correctas” son indignas de un apóstol de Jesucristo. Revelan cobardía, y la cobardía revela falta de fe, y la falta de fe impide el reinado de Cristo en las almas y en los pueblos. Bien vale la pena que te corten la cabeza por cantarles las cuarenta a los enemigos de Dios y de la Patria. Yo lo hice y sigo evangelizando después de dos mil años. ¿Quién te dijo que no se puede evangelizar sin cabeza? ¿Acaso el testimonio de mi martirio no es un modo eminente de evangelización, que perdura en los siglos y alcanza la eternidad? No seas sofista, “obispillo”. Te aseguro que se evangeliza mejor decapitado que teniendo una cabeza de marmota democrática”.


Después de semejante filípica, Juan el Bautista tomó su cayado y se diluyó en el aire. Al día siguiente, los diarios del país y del mundo dieron cuenta de lo sucedido con enormes titulares que desbordaban las primeras planas. Los informativos radiales y televisivos no hablaban de otra cosa. La noticia llegó al Vaticano y el Papa, ante una nube de periodistas ansiosos, hizo una corta declaración:


“De Dios no se ríe nadie, queridos hijos. La verdad tarde o temprano triunfa, la maldad recibe su merecido y la cobardía su paga. Hay tres valores supremos que debemos defender contra viento y marea: Dios, la Patria y la Familia. Lo demás son pamplinas. Juan el Bautista nos ha dado una gran lección. Si todos la pusiéramos en práctica el mundo cambiaría y conocería la felicidad de vivir bajo la supremacía de Cristo Rey. Reciban todos mi paternal bendición apostólica y… ¡manos a la obra!”


Y el mundo cambió. Un poco, porque desde el pecado original no se puede vivir en Jauja, ¡pero cambió! El presidente hizo penitencia. La bruja consorte se volvió más austera y menos tilinga. El “Forro” Ginés se convirtió en pro-vida. Las Madres de Plaza de Mayo repudiaron su ideología y se hicieron de la Liga de Madres de Familia. Ministros, gobernadores, senadores, diputados, jueces y empresarios descubrieron que tenían un alma que salvar y un pueblo al cual servir, y el “obispillo” se volvió valiente y ortodoxo como el que más.


Lo que ocurrió aquel día en la Argentina repercutió hondamente en todo el mundo, y no hubo país que no experimentara una sorprendente mejoría… Claro está que en ese momento me desperté y comprobé que todo había resultado ser solamente un bello sueño. Me entristecí bastante al caer en la cuenta, pero después me alegré pensando que a veces los sueños se convierten en realidad, y entonces me puse a silbar contento una melodía de esperanza.




lunes 29 de junio de 2009

El Buen Combate renueva su filial homenaje al Romano Pontífice.


Oremos por nuestro Pontífice Benedicto XVI


El Señor lo conserve, lo fortalezca, lo haga feliz en la tierra y no permita que caiga en manos de sus enemigos.


Oración


Señor Jesucristo, Pastor y Guía de todos los fieles, que has fundado la Iglesia sobre la roca firme de Pedro para que los poderes del infierno no prevalecieran contra ella, protege al Papa, Vicario de tu amor, a quien has puesto como pastor de tu grey. Defiéndelo de los enemigos, asístelo con la luz y fuerza del Espíritu Santo, concédele el consuelo de ver que la Santa Iglesia se extiende en la paz y en la unidad entre todos los pueblos de la tierra. Infunde en nuestro corazón un amor ardiente al Papa para que podamos permanecer siempre fieles a sus enseñanzas y, bajo su guía, llegar a la vida eterna. Amén.


En la Festividad de San Pedro y San Pablo.

San Pedro y San Pablo


Texto: DE ESTRADA, Santiago: Santos y Misterios. Temas de la eternidad y de nuestro tiempo. Bs.As., Colección CRIBA-Grupo de Editoriales Católicas, 1945, pp. 47-51.


El Imperio Romano era el Hierro. Al modo que el hierro desmenuza y doma todas las cosas, así desmenuzó y quebrantó Roma a todos los reinos. Pero los dedos de sus pies en parte eran de hierro y en parte de barro cocido; pues el orden impuesto por sus legiones y la justicia de sus leyes se apoyaba sobre el barro humano; por eso en parte era firme y en parte quebradizo. “Sin Dios en este mundo”, ni “esperanza en la Promesa”, carecía del basamento indispensable para constituir un orden verdadero… Hasta que un día “sin mano alguna se desgajó del Monte una Piedra” que desmenuzó los pies de hierro y de barro, y la “Piedra se hizo un grande Monte e hinchió toda la Tierra”. Desde entonces el Hierro, como la Plata y el Oro del sueño de Nabucodonosor, pasó a ser el engarce de la Piedra, y Roma fue, no ya el Hierro, sino la Piedra en la que el Hierro, la Plata y el Oro encuentran su fundamento sobrenatural y su razón de ser.


La Piedra es Pedro, como lo proclamó el Señor: sobre ella descansa la Iglesia entera. Por eso Roma, que es ahora sede de Pedro, fué primero parábola de lo que había de ser la Iglesia, y es como la imagen pétrea de la Esposa “aderezada como una esposa para su esposo”. Pedro y Roma forman así una unidad indestructible, y hay en la Santa Ciudad un reflejo de la fecunda maternidad de la Iglesia, como vive en Pedro, a través de los siglos, la continua asistencia del Señor. De ahí que puede hablarse de la “eternidad” de Roma, y que el Papa, que es Pedro aquí y ahora, haya tildado de parricida a la nación que tuviese la osadía de atacarla.


Roma, el antiguo centro de la gentilidad, es el centro de la Cristiandad, y no hay Cristiandad sin Roma como no hay círculo sin centro. En tiempos remotos los pueblos gentiles se miraban en ella como en un espejo, y dentro de sus mismos muros se veneraba a todos los dioses del mundo conocido. En ella reside ahora el Padre común de todos los fieles, y de su recinto salen normas que rigen todas las conciencias. Es que Roma es no sólo la Urbe, sino también el Orbe, y tan romano es el recinto santo de su caserío, como es romana Polonia y es romana España y las Filipinas e Hispanoamérica. Por eso Pedro, Príncipe de los Apóstoles, tiene a su lado a Pablo, el Apóstol de las Gentes, y ambos, hermanos en Cristo, son los fundadores de la Ciudad Sagrada, como Rómulo y Remo, hermanos por la sangre, lo fueron de la vieja ciudad del Lacio; y si el fratricidio fué la respuesta natural de Rómulo a la transgresión de Remo, la diáspora de Pablo selló la supremacía sobrenatural de Pedro.


Porque si Pedro recibió el encargo de apacentar la grey cristiana, a Pablo le fué dada “esta gracia de predicar a los gentiles las inapelables riquezas de Cristo, y de manifestar a todos, cuál sea la comunicación del sacramento escondido desde los siglos en Dios, que lo crió todo…” Misión que le fué señalada desde la Eternidad y en cuya virtud “el pueblo que andaba en tinieblas, vió una luz grande: a los que moraban en la región de la Sombra de Muerte, les nació la Luz”: la Luz que alumbraba el corazón de Pablo desde el día que, en el camino de Damasco, le rodeó con su resplandor; la Luz que desde entonces orienta a los pueblos que fueron gentiles y les hace volver sus miradas hacia la sede de Pedro en busca de guía y protección.


San Pedro y San Pablo son, pues, los cofundadores del Nuevo Orden Romano, es decir de la Cristiandad; en su fraternal unión diríase sellada la unidad del Orbe en torno de la Urbe. De ahí que siempre el Enemigo haya querido desgajar de la Cátedra de Pedro la obra evangelizadora de Pablo. Táctica característica de la hipocresía que alimenta las raíces de la herejía protestante; astucia típicamente satánica, pues divide para reinar; política que ha hecho posible a los lobos disfrazarse de corderos y ha llevado al mundo al deplorable estado en que hoy se encuentra… Sin embargo, en medio de la apostasía de naciones enteras, se dejan ver ya señales anunciadoras del universal retorno.


Es verdad que muchos falsos profetas invocan hoy el Santo Nombre del Señor; y, en realidad, a muchos engañan. Es cierto que grandes guerras y ruidos de guerras surgen por doquier, y a muchos turban: las naciones pelean contra las naciones; hay hambre y reina el dolor por todas partes, y hasta parecería que a nuestra generación le estuviese reservado llegar al extremo de ver “la abominación de la desolación” en el lugar santo… Pero ni los falsos Cristos, ni los falsos profetas, ni sus grandes señales y prodigios, prevalecerán contra la Cátedra de Pedro. Como en tiempos de Nerón, en medio del desborde de las pasiones y de la sangre, la Buena Nueva que llevara San Pablo a las Gentes reunirá a éstas en un solo redil y bajo un solo Pastor: el Padre Santo, sucesor de San Pedro y Vicario en la Tierra de nuestro augusto Redentor. Y el orden no será obra del Hierro sino milagro de la Piedra que “sin mano alguna se desgajó del Monte”.